
La Luna de Baroda
Fue hace ya muchos años cuando nuestra rubia favorita cantó para todos nosotros esa célebre frase que ya jamás se olvidaría. Marilyn Monroe, que luego se aquejaría tanto de los bienes materiales, llevaría en la película musical “Los caballeros las prefieren rubias” una singular joya que no dejaría indiferente a nadie.
La Luna de Baroda era un excelentísimo ejemplar de diamante recordado más que por su faceta de aparecer sobre los pechos de Marilyn, que también, sino por destacar por su diseño y su cuidado.
La exquisitez y el valor de la joya es tal que La luna de Baroda posee la brillantez y la plenitud de un total de 24 quilates en un delicioso diamante de un color amarillo.
Recogiendo su cuello de cisne vestiría su piel el diamante como un collar. Pero no sólo el collar está teñido de indefinible e infinita belleza valorada millonariamente.
Uno de los grandes misterios de esta joya es a dónde fue a parar. Es un tanto complejo discernir a donde pudo ir, pues normalmente hay dos tipos de vendedores. Unos vendedores, hablan y no paran de hablar de sus adquisiciones hasta que las desgastan con las palabras.
Otros prefieren mantener cierto silencio y no decir donde están sus adquisiciones, por miedo a los ladrones, por miedo a… Quién sabe.
Hace unos años pudimos ver la joya en Córdoba, traída por un tercero, cedida por su comprador. Pero la famosa joya de tantos quilates, la que luciría una vez la belleza sin par, ha desaparecido de nuevo. Y quién sabe cuándo volverá…
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El gran diamante Kohinoor
El siguiente diamante que os enseño en la foto es el famosísimo y legendario Diamante Kohinoor, cuyo valor está estimado en un total de 108,93 quilates. Es un diamante oval que hace años, muchísimos años perteneció a una casta de príncipes indios.
Cuando le pertenecía a estos, la piedra era mucho más grande. Impurificada e imperfecta, con un total de 186 quilates.
Llegó el siglo XVIII, más concretamente en 1739, y un persa quedó maravillado con la joya. Estupefacto y enamorado, se hizo con ella, y magnificándola la nombró “Montaña de la Luz” , o en otras palabra Koh i noor.
Cuando falleció el persa, fue adquirida por la East Indian Company, y fue entregado a la Reina Victoria en 1850. Fue aquí, en manos de la realeza, cuando el diamante fue tallado y purificado a tal y como lo presenciamos en la fotografía. Y pasó a formar parte de la corona de la Reina María, quien sería la mujer del gran Jorge IV, y de ahí a la Reina Isabel.
El diamante Koh-i-Noor fue durante muchos siglos el diamante más grande del mundo. Dice la leyenda que aquel que lo posea dominará el mundo… (en la actualidad es de la reina de Inglaterra Isabel II, y el gran diamante esta guardado en la Torre de Londres, pese que el gobierno de la India reclama su devolución).
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Las joyas de Tutankamon
Una de las más célebres maldiciones de todos los tiempos pertenece al famoso faraón Tutankamon.
Cuenta la leyenda que al conseguir llegar a la antecámara de la tumba, dónde se encontraba el tesoro, Howard Carterm egiptólogo experimentado y de profesión, tras perforar la pared y hacer un agujero, echó un vistazo, y se quedó pálido y murmurando algo que nadie entendió.
El conde de Carnravon, que acompañaba a los arqueólogos en la expedición le preguntó impaciente si había encontrado algo: “- Sí. Cosas Maravillosas. ¡Cosas maravillosas!”, respondió Howard Carterm. Según la versión que dieron en un principio, volvieron al hogar y dejaron que los servicios ingleses revisaran el tesoro.
En el año 1978, se publicó un libro en el que se hablaba de la participación de estos arqueólogos en saqueos a la tumba de Tuntankamon que, movidos por la avaricia, dijeron de continuar su hazaña hasta llegar a la misma tumba del faraón en la que encontraron tremendas joyas.
Lo más inimaginable del mundo de la bisutería, de la joyería de lujo, las piedras y las alhajas más exquisitas descansando cerca de un cadáver que jamás volvería a despertar, y los ojos codiciosos de unos humanos que deseaban más y más.
Este libro más tarde se comprobó que era completamente cierto: Al parecer, en distintos museos tanto de Europa como de América se fueron encontrando los objetos perdidos de la tumba que tanto Carnravon y Carterm habían vendido.
Así llegaron a un total de 27 joyas pertenecientes a ese tesoro que ya han sido encontradas, y muchas, muchísimas más que se seguirían encontrando a lo largo de los años gracias a la labor arqueológica de ciertos investigadores.
Poco se sabe de estos individuos que han ido disfrutando de su dinero pero con el paso del tiempo bien han hecho en olvidar sus nombres de la memoria colectiva.
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Un ópalo para el rey
Si hubo una joya, una pieza de joyería de indiscutible valor que marcó considerablemente la monarquía clásica española, esa fue la de éste ópalo.
Allá por una época turbia de enlaces matrimoniales extraños, Alfonso XII tuvo la suerte de mantener un romance apasionado con Virginia Doini, condesa de Castiglioni. Su historia de amor fue apasionante, llena de detalles, de sentimientos y de pasiones.
Sin embargo, nuestro atrevido monarca, presa de la inteligencia y de la casta política que lo trataba, tuvo que casarse con María Mercedes de Orleans. O lo que es lo mismo, su querida y pequeña prima.
Nuestra querida ex amante, Virginia Doini, con el corazón partido en miles de pedazos, les envió esta joya ovalada a nuestra pareja ideal: Un ópalo engarzado en un enorme anillo de oro. Nuestro rey le puso el anillo, y cinco meses después, la valiente soberana murió por una enfermedad misteriosa.
Tras enterrar el cuerpo, el anillo con el ópalo fue a parar a las manos de María Cristina de Borbón. Que murió dos meses después, en agosto de 1878. La siguiente en portar el maravilloso y fantástico regalo fue María del Pila, hermana de Alfonso, infanta de la familia, y muerta un año más tarde, por la misma enfermedad que se llevó a las dos mujeres anteriores.
Cuando la cuñada de nuestro monarca, convencida de que no habría ningún problema con eso, decidió quedarse para ella la joya, murió.
El rey, contrariado, y en un acto de valentía y pesadumbre, dejó el anillo en sus manos, para lucirlo frente a todo el mundo y cargar el mismo con la maldición, que se lo llevaría a la tierna edad de 28 años.
Su vida, harta ya de tantas maldiciones, decidió bendecirlo y dejarlo al cuello de una mujer ya muerta, la patrona de Madrid, la Virgen de la Almudena.
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El ópalo maldito
Acerca de las joyas hay mucha tradición espiritista. De hecho, por eso se han hecho tan famosas y nos han llegado hasta aquí con un valor tan eterno y querido.
Una de las joyas y piedras que más controversia ha creado a lo largo de la historia han sido los ópalos. En muchas sociedades sostenían el valor de que concedía dones gratificantes que no se podían rechazar. Los griegos decían que quien poseyera un ópalo podía predecir el futuro, mientras que los romanos hablaban de un poderoso poder de fortuna. Mientras que los árabes hablaban de su procedencia como un rayo que partía hacia la tierra y creaba el ópalo; en Europa se hablaba de esta joya como la que traía esperanza.
Su nombre proviene no de su forma, si no de la costumbre cultural que tenía de engañar a los ojos, pues se decía que podía curarlos y hacer invisible a quien lo llevara frente a los enemigos.
Todo fue una época de maravilloso esplendor hasta que se extendió el rumor en las brujas de que podía producir la muerte con suma facilidad, y que facilitaba el mítico hechizo del “mal de ojo”. También se decía que predecía quien iba a morir de peste durante la plaga que exterminó a gran parte de la humanidad, al presionar la piedra sobre la piel y brillar con un brillo intenso y funesto de mal presagio.
Tuvo que llegar 1829 para que el novelista Sir Walter Scott escribiera una novela cuyo argumento nos trasladaba a una muchacha llamada Lady Hermione, cuyo engarzado ópalo al cabello brillaba según su estado de ánimo. Pero que un día funesto una gota de agua sagrada cayó sobre la piedra y esta se apagó completamente, cayendo la señorita enferma sin remedio alguno. Al día siguiente, cuando fueron a ver qué tal estaba, sólo quedaba de ella ceniza…
