Un ópalo para el rey

Un ópalo para el rey

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Un ópalo para el rey

Si hubo una joya, una pieza de joyería de indiscutible valor que marcó considerablemente la monarquía clásica española, esa fue la de éste ópalo.

Allá por una época turbia de enlaces matrimoniales extraños, Alfonso XII tuvo la suerte de mantener un romance apasionado con Virginia Doini, condesa de Castiglioni. Su historia de amor fue apasionante, llena de detalles, de sentimientos y de pasiones.

Sin embargo, nuestro atrevido monarca, presa de la inteligencia y de la casta política que lo trataba, tuvo que casarse con María Mercedes de Orleans. O lo que es lo mismo, su querida y pequeña prima.

Nuestra querida ex amante, Virginia Doini, con el corazón partido en miles de pedazos, les envió esta joya ovalada a nuestra pareja ideal: Un ópalo engarzado en un enorme anillo de oro. Nuestro rey le puso el anillo, y cinco meses después, la valiente soberana murió por una enfermedad misteriosa.

Tras enterrar el cuerpo, el anillo con el ópalo fue a parar a las manos de María Cristina de Borbón. Que murió dos meses después, en agosto de 1878. La siguiente en portar el maravilloso y fantástico regalo fue María del Pila, hermana de Alfonso, infanta de la familia, y muerta un año más tarde, por la misma enfermedad que se llevó a las dos mujeres anteriores.

Cuando la cuñada de nuestro monarca, convencida de que no habría ningún problema con eso, decidió quedarse para ella la joya, murió.

El rey, contrariado, y en un acto de valentía y pesadumbre, dejó el anillo en sus manos, para lucirlo frente a todo el mundo y cargar el mismo con la maldición, que se lo llevaría a la tierna edad de 28 años.

Su vida, harta ya de tantas maldiciones, decidió bendecirlo y dejarlo al cuello de una mujer ya muerta, la patrona de Madrid, la Virgen de la Almudena.

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